DECÍAMOS AYER... Des-inhibición... o algo así
04/07/2009
ON la canícula llega ese momento culminante, en el cual un año más iniciamos un proceso que cual soplo de aire nuevo nos conduce hacia la des-inhibición y su consecuencia: “dejar el libro” con las menos hojas posible. Una realidad que en algunos casos, mediado el día pudiera parecer que estuviéramos preparando una carrera de 100 metros lisos, o una media maratón, pongo por caso. Para muchas familias no veraneantes supone, aparte el oxigenado alivio, la posibilidad de desahogar parte de su economía respecto de esos gastos ineludibles, tales que luz, calefacción o ropa, incluso la alimentación; que al precisar de menos calorías la ingesta suele ser más frugal. Es, por tanto, ocasión propicia para que el ser humano no dude ni un instante en dejar en evidencia algunas de sus carencias. Un pasado reciente, que coincidía con el decrecer del boom alemán y enlazaba con el despegue de determinadas regiones patrias, llevó consigo el despoblamiento de otras zonas, agrícolas especialmente, con el consiguiente abandono del medio y, su consecuencia, un choque medioambiental que, lógicamente, produjo el natural efecto contraste entre costumbres, anquilosada en la rutina una mientras la otra se asentaba en la modernidad y, consecuencia de ello, un mejor nivel de vida. Y es en época vacacional cuando el emigrado, al retornar a sus orígenes, aprovecha la oportunidad para disfrutar plácidamente entre la familia de un ambiente puro; un ambiente que aun hoy con algún reparo, los pueblos continúan exhalando en perjuicio de las grandes urbes. Los varones de aquel tiempo lucían un espléndido moreno que la ironía popular denominaba Agromán, consecuencia del trabajo que la mayoría realizaba en tareas de albañilería al aire libre; torso descubierto y pantalón corto era la razón de su curtida piel, a tal punto que a su observación ésta producía la impresión de que, efectivamente, hubieran estado descansando en la Costa Azul. Ahora, tiempo por medio, sus paseos por el pueblo lo hacen también en pantalón corto, pero ya de marca, camisas de alegres colores, zapatos o zapatillas y los inevitables calcetines... cortos, eso sí. Naturalmente, todo cambio precisa de cierto nivel de minuciosidad pues de no ser así, éste puede resultar grotesco y así junto a ese moreno natural y el desenfadado atuendo, a veces aparece un par de piernas acompañadas de un par de brazos bien musculados sí, pero... tan peludos en algunos casos, que produce la sensación de que el creador del célebre Carpanta se hubiera inspirado en ellos. Pero, a lo que iba, la llegada del verano deja al descubierto excesos y carencias que, como es lógico, en otras épocas pasan desapercibidas; y es en ese momento cuando resalta con todo su esplendor la diferencia ¡bonita diferencia al fin! entre hombre y mujer o por mejor decir, entre mujer y hombre. Ella, bella siempre, cuando sale a la calle lo hace con estudiado desaliño y aun en época estival -acompañada o sola-, de inmediato marca la diferencia. Una diferencia que partiendo de la lógica entre sexos, contrasta aun más cuando aparece alguna cuadrilla de jóvenes enfundados dentro de enormes camisetas, pantalón corto o semi largo [-ni tonto ni listo, los llaman algunos-] dejando al descubierto unas desmedidas piernas, pelos largos o rapados, y disparatadas botas que destinadas en principio para hacer deporte, suelen disfrutarlas durante las 24 horas. Si ellos fueran solos mal que bien, mal de muchos... pero si entre ellos viene alguna joven, aun desaliñada, el contraste resulta demoledor; gráficamente: se te caen los palos del sombrajo. Es el momento en que la belleza natural de ella llega a acrecentarse ante el abandono y falta de pulcritud en el vestir de muchos jóvenes varones que, tercos en su interés por sacar el máximo rendimiento a su atuendo, consiguen resultar absolutamente antiestéticos. Si a ello se añade algún que otro emérito, que muy ufano no tiene inconveniente en lucir sus blancas pantorrillas, portadoras de un protuberante abdomen, y el inevitable adorno de sus calcetines “tobilleros”. Espectáculo, por así decirlo, que ofrece una imagen digna de archivo, al menos para que nos invite a recuperar el sentido de la estética, y tomar conciencia de nuestras limitaciones. Entre tanto, reconfortémonos con el fresco espectáculo de la belleza femenina, aseada y enseñando solo lo que deba... y pueda, convencidos del benefactor influjo visual que haremos extensivo al resto de los sentidos. Y en esas andaba cuando me vinieron a la memoria unas antiguas terceras de ABC, << ¿Qué pensará un mono?>>, firmada por José Jiménez Lozano y <<La belleza>>, del académico Francisco Nieva, que convergentes; uno con su teoría del rompecabezas y otro con su Torre de Babel, me producen la impresión de haber entrado en un callejón sin salida. Feliz verano.